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viernes, mayo 14, 2010

Manuel González Bello o simplemente Manolo.


Juventud Rebelde • digital@juventudrebelde.cu
31 de Mayo del 2008 0:07:10 CDT

Hoy hace seis años que Manuel González Bello detuvo los aparatos y pantallas de la sala de Terapia Intensiva del Hospital Naval. Se nos fue en estampida, sin pasaje de retorno. El muy Manuel nos la hizo de verdad, después de legarle a Juventud Rebelde el epílogo de su excepcional talento —y talante— periodístico, y esa díscola solidez que llevó siempre con tanto desenfado. Qué manera de quedarse entre nosotros como una lapa sentimental, Michel...

Durante estos seis años sin Manolo, me parece que el tiempo ha pasado volando lentamente. No es imagen. Lo que pasa es que el tiempo tiene eso: engaña, engaña, engaña... Digo volando, porque aún lo veo bigotudo y ojiazul, febril, envuelto en desoladas reflexiones con un poco de ron entre los dedos. Y digo lentamente, porque cuando me cercioro de que ha muerto, me doy cuenta de que es dust in the wind, y el polvo tiene por costumbre andar con pasos quietos, suaves, demorados... La verdad —ya se sabe— es muy dura. Dura como la piel del cocodrilo, como los mediodías africanos, dura como la muerte misma. Esa muerte tramposa que adelantó el reloj para llevárselo a deshora. Pero lo más terrible, creo, no es que Manolo se haya ido. Para mí lo terrible es que aún no vuelve. ¿A ti te pasa igual, Pepe Alejandro?...

El muy Manuel sigue trabando el dominó y jugando la carta oculta. Aquí nos quedamos huérfanos de la alegría y el sarcasmo con que vestía tanta hondura y nobleza. Nos dejó sus Crónicas de Sábado como un recetario para embriagarse de vida y ni saber con qué llave se abre el día siguiente. Egoísta el tan Manolo, que arrancó de cuajo, en el viaje final, ciertas lunáticas displicencias de vivir a puro nervio la redacción ruidosa de Juventud Rebelde, y propinarles travesuras y golpes bajos a la mediocridad, el conformismo y la simpleza de alma. Imperdonable el demasiado Manolito, que nos dejó sin su filosa consejería en aquellos cierres de edición... Lo mismo disertaba de la naturaleza femenina que de la naturaleza muerta de ciertos seres, de los libros imprescindibles, el buen periodismo, los cometas y la vida en todas sus dimensiones: desde la luna llena hasta la política, pasando por los cerrojos, las apariciones y los potajes de chícharo...

Nadie calcula, Pepe, cuánta falta le hace Manolo al periodismo. A esta prensa que a diario fecundamos entre limitaciones y oquedades. El problema, compadre, es que él —más allá del talento brutal que trajo al mundo— hizo su periodismo de respeto a aquel verso seductor de Roque Dalton: «Pero por la verdad, la muerte, pero por la verdad». Por eso es que ahora mismo lo imagino atisbando en nuestras redacciones, a la caza de aciertos que celebrar con algún trago en las cantinas celestiales, aplaudiendo la crónica sentida, el comentario hondo, el bravo reportaje, y haciendo mofa de los zafios, los «creídos», los arribistas y los pusilánimes. Que de todo hay en la Viña del Señor, aunque sea lamentable y aunque, definitivamente, duela asimilarlo.

Ya son tantas húmedas ofrendas las que le hemos elevado en esquinas rotas, que el muy condenado por la gracia debe andar tomándonos de material de estudio, Michel, con ese detector infalible que tenía para la chatarra periodística. Más de una noche, me ha faltado al teléfono su bendición profesional para una crónica o cierto comentario urgido. ¡Qué olfato tenía aquel personaje de galería! Los tirabuzones de su genio creador iban descorchando las esencias de las cosas de un tirón, con solo vista y oído. Con esa mezcla de pícaro niño campesino de Chambas y transgresor adolescente de aquel Pre del Vedado que se esfumó para siempre. El aún González, el todavía Bello, sigue urdiendo travesuras. Ahora anda burlando a la Muerte en el recuerdo de tantos amigos y lectores. Y no me asombraría que en cualquier momento, aquellas dos sagaces cuentas azules sobre un bigote irrumpieran en nuestra redacción. Mientras, él anda por ahí esparcido, como una partícula de sabiduría y nobleza, que danza en el viento de nuestras vidas...

Tipos como Manolo no deberían irse nunca. Total, si consagró su vida a los demás. ¿No te acuerdas, Pepe, de sus afanes pedagógicos, de sus sabias lecciones, de cómo se vaciaban sus bolsillos para llenar, como si de vasos comunicantes se tratara, los bolsillos de otros? ¿No recuerdas la indiferente generosidad con que prestaba aquel cuartico en ruinas, su memorable, alegre, melancólico cuartico de Cuatro Caminos? «Un hombre —escribió Onelio Jorge Cardoso— tiene que desesperarse por otro», y se me antoja que esa era la divisa de Manolo. Tal era la razón de sus urgencias. Y tan desesperado anduvo por (y para) todos, que se marchó temprano, como el buen animal de galaxia que fue siempre.

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